Sobre ‘La respiración pública’

He leído con mucho interés el ensayo de Marta Viñes en la revista Casapaís, «La respiración pública»

El ensayo construye su argumento sobre una sucesión de escenas puntuales: la niña que espera en la ventanilla, el poema leído en una asamblea sobre la sequía, el poema colectivo escrito por adolescentes en Hamburgo. Son escenas evocadoras, pero ninguna se sostiene con seguimiento verificable y de un ensayo se espera precisamente eso: que las afirmaciones vengan sostenidas por algo más que la escena que las ilustra.

Viñes atribuye la crisis del discurso a la prisa: «no es un efecto colateral de la vida contemporánea. Funciona como un mecanismo de selección.» Es una afirmación con fuerza retórica, pero no cita ni un estudio, ni un dato, ni una fuente que la sostenga. La teoría de la aceleración social, desarrollada por Hartmut Rosa, ya sistematizó esta intuición en 2005, distinguiendo aceleración tecnológica, del cambio social y del ritmo de vida — y advirtiendo que no son fenómenos nuevos, sino procesos que se remontan a la Ilustración y se intensifican por oleadas. Viñes no cita esa genealogía, y su ensayo trata la prisa como un fenómeno sin fecha, casi natural.
Y hay más. Hay algo, en cambio, que sí puede documentarse con precisión y que el ensayo pasa por alto: antes del teléfono móvil existían más espacios sin interrupción posible —la sala de espera, el trayecto, la cola— no porque hubiera más voluntad de escuchar, sino porque la alternativa técnica no existía. Lo que ha cambiado no es la disposición humana a la escucha, sino la desaparición estructural del hueco en el que esa escucha, buena o mala, podía darse.

Tampoco menciona la crispación. Según los índices de polarización afectiva de Gidron, Reiljan y Wagner, España es, junto con Grecia, el país del mundo con mayor polarización afectiva — mientras que Alemania, que Viñes cita como modelo de conversación sin solapamientos, se sitúa en un nivel medio. Si en España cuesta que lo dicho modifique algo, la causa más inmediata no es la prisa ni la falta de tiempo: es que no siempre se está dispuesto a conceder legitimidad a quien habla. Un turno de palabra impecable no produce escucha si hay hostilidad de fondo entre quienes hablan.

Viñes describe la escucha institucional sin matices: «cada intervención se desarrolla con orden, pero sin producir desplazamiento alguno en quienes escuchan.» Pero el turno de palabra por sí solo nunca ha sido la única condición. Hace falta también voluntad compartida de dejarse afectar, y hace falta quien modera: si desde el principio se establece que cualquier aportación —aunque suene ilógica al principio— será acogida, quienes más les cuesta hablar se atreven, y esa acogida genera la confianza para abrirse después. Es lo que ocurre en el propio ejemplo de Hamburgo que cita Viñes, presentado como si el lenguaje se hubiera organizado solo, cuando hubo un marco educativo previo que lo hizo posible.
Esa seguridad no es un matiz menor para personas autistas o con discapacidad intelectual: sin ella, no solo hablan menos por timidez, quedan fuera del régimen de atención que el propio ensayo describe. Y el efecto de la escucha, además, no siempre es inmediato: a veces se piensa en lo dicho después, y solo entonces se pone en práctica. Viñes trata la escucha como un estado que se tiene o no se tiene en el instante, cuando el único indicio fiable, en muchos espacios reales, es lo que la persona hace después con lo que ha oído.

El ensayo también habla de poesía, y ahí el problema se repite, pero con un giro adicional porque Viñes sostiene que la poesía «altera el régimen de atención» y que «frente a la aceleración dominante, el poema impone una demora que no siempre es bienvenida.» Pero para que un poema descoloque algo, primero tiene que ser escuchado como poema — y ahí el ensayo tiene un punto ciego. Habla de quién domina «el código de la intervención rápida» en el discurso público, pero no se pregunta quién domina el código de lo que cuenta como poema legible en el propio circuito literario. Hay registros que rompen con la expectativa formal dominante y que, por eso mismo, encuentran resistencia a ser escuchados como poesía legítima, no solo leídos. El poema de la sequía que ella cita como prueba de que la poesía «descoloca» es, de hecho, un poema de registro convencional — narrativo, referencial, reconocible como poema al primer verso. Nunca pone su propia tesis a prueba con una forma disruptiva real, que es justamente donde más se necesitaría.

Esto no es solo cuestión de espacio o de tiempo, sino de una sensibilidad que hay que cultivar. Sin educación previa hacia un registro distinto, ni la mejor disposición del momento basta para apreciarlo. Simone Weil, a quien Viñes cita para definir la atención como «una forma extrema de generosidad», entendía esa atención como disciplina — algo que se trabaja, no un don que las condiciones adecuadas liberan sin más. El ensayo le arrebata justamente esa dimensión ascética: trata la atención como algo que basta con permitir, cuando la propia autora que cita la entendía como algo que hay que entrenar.


Esto vale también para la crítica literaria. Una reseña que atiende de verdad a un libro no le impone criterios ajenos, no dice de él lo que no es, no lo intelectualiza para sustituir la lectura por una demostración de vocabulario.

El ensayo cierra con otra causa única: «puede describirse, sin simplificarlo, como una lógica patriarcal del lenguaje.» Es la misma estructura que la prisa al principio — una afirmación con apariencia de diagnóstico técnico, sin cita ni estudio que la sostenga. Y cuando el texto matiza que no se trata de oponer «voz masculina» a «voz femenina» sino de socialización, cae de inmediato en la generalización que dice evitar: «a muchas mujeres se les ha enseñado a escuchar, a no interrumpir.» No dice cuáles, ni cuándo, ni dónde.

Esa reducción a un solo eje deja fuera experiencias que la contradicen. Los varones también son víctimas de violencia; también aprenden, a veces por necesidad, a medir cada palabra. Las personas autistas —hombres o mujeres— son especialmente propensas a sufrir violencia emocional, y muchas aprenden a callar y a medir la intervención no por un rol de género asignado, sino por la exigencia constante de traducirse a un código ajeno para que el otro entienda lo que dicen y no otra cosa. Ese trabajo de traducción no tiene género.

Tampoco resiste el esquema binario la propia tradición poética. Habitar una voz distinta de la propia —masculina, femenina— es un ejercicio central de la escritura lírica, y no depende de la biografía de quien escribe. Un poeta puede tener una sensibilidad especial hacia la escucha sin que ese rasgo derive de su género. Si la disposición a escuchar no está anclada al género de quien escribe, tampoco puede estarlo, sin más, la disposición a escuchar en general.

Y falta, otra vez, la crispación — que no distingue entre varones y mujeres, y que ya habíamos señalado al principio como la causa que el ensayo omite por completo.

Hay una frase final que merece objeción directa: «Escuchar no ha sido históricamente una forma de autoridad.» No es cierto sin matices. La Gerousía espartana gobernaba por la edad y la sabiduría acumulada de sus miembros; en tradiciones muy distintas entre sí —el consejo de ancianos, la tradición confuciana, el propio oráculo que escuchaba antes de hablar— la autoridad se ha fundado precisamente en haber escuchado más y durante más tiempo que los demás. El problema no es que la escucha nunca haya sido poder. El problema es que, en el régimen de atención que describe el propio ensayo, ha dejado de serlo.

Finalmente, falta un horizonte positivo que supere la disyuntiva entre escuchar para gobernar y escuchar para gestionar. Aquellos que escuchaban para gobernar no lo hacían para gestionar un conflicto, sino para decidir bien juntos. El ensayo, en cambio, se queda todo el tiempo en el vocabulario de la gestión: mecanismo, código, patrón, redistribución de poder. Nunca formula para qué se escucharía. La tradición del tú poético sí lo tiene: reconocer al otro como alguien con algo propio que aportar, no como un problema que hay que medir o un turno que hay que sostener. Ahí no se escucha para no imponer, sino para edificar algo junto al otro. Es lo que le falta a este ensayo, y es, quizá, la respuesta que la poesía —la que él mismo invoca sin desarrollar— podría haberle dado.

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