Hace unas semanas escuché una frase en Instagram que me dejó incómodo. No supe explicar por qué al principio. Solo sentí que algo no encajaba.
La frase era esta: <<No puedes dejar de ser autista igual que no puedes dejar de ser gay.>>
No tengo nada contra quien la dijo. Pero conozco bien una señal en mí: cuando algo no es preciso, cuando una analogía cojea, mi cerebro no descansa hasta entender por qué. Busco la coherencia casi como una necesidad. En un mundo tan caótico, lo concreto y lo exacto son mi forma de orientarme.
Y esta analogía no era exacta. Las palabras importan. Las comparaciones inexactas sobre colectivos que ya luchan por su propio espacio hacen daño.
La neurociencia del desarrollo nos dice algo que la analogía ignora: todos los fetos comienzan con un cerebro de base femenina. La diferenciación neurológica ocurre después, de forma progresiva. Y el cerebro humano sigue siendo plástico, moldeable por la experiencia y el entorno, hasta aproximadamente los 32 años.
Esto no significa que la orientación sexual sea una elección. Significa que su naturaleza es distinta a la del autismo. La sexualidad tiene un componente de fluidez documentado científicamente. El autismo es una condición neurológica estructural, presente desde el origen.
Comparar ambas cosas como si fueran equivalentes merece al menos una explicación científica más precisa.
En España hay aproximadamente 450.000 personas autistas. La mayoría sin los apoyos que necesitan. Viven con listas de espera, con sistemas insuficientes, con una visibilidad mediática frágil que costó años construir.
Equiparar su experiencia a la de otro colectivo a través de una analogía les roba algo esencial: su espacio propio. Son colectivos diferentes con necesidades diferentes. La analogía no une, simplifica.
¿Y el autista heterosexual que lleva décadas sin diagnóstico? ¿El que tiene doble excepcionalidad y no encaja en ningún sistema? El que vive solo sin apoyos suficientes? Su historia también existe, pero no genera titulares.
Hay autistas que también son gay o lesbianas. Su experiencia merece atención. Pero no pueden ser el puente para una analogía que pretende hablar de todos.
Las palabras importan. Y más cuando se divulga ciencia.
Ser rigurosos no significa tenerlo todo claro. Significa estar abiertos a quien nos cuestiona. Y cuando alguien nos cuestiona desde la ciencia y la honestidad intelectual, se exige responder desde ese mismo lugar. No cambiar de terreno ni esquivar. Dialogar en el mismo nivel.
La ciencia avanza así: rebatiendo, revisando, corrigiéndose. No enquistándose en una postura.
Tenemos divulgadores que trabajan de esa manera. Podríamos seguir su ejemplo.
Seamos más precisos. Y más amables.