Leire se encerró en su cuarto y lloró desconsolada. Miraba a las turmalinas negras, pero estas se deshacían. Otro día de palizas.
Despertó temprano y al escuchar unos ronquidos inconfundibles, salió en sigilo a la cocina. Echó unas gotas de ricina en el café de su padre.
—Paciencia, paciencia y en unos días estarás a salvo mamá.
Qué microrrelato tan duro has escrito, David. Amargamente realista. Muchas gracias por tu aportación al desafío de este mes. Un abrazo.